Ernesto Che Guevara es un mito para los que aún creen en revoluciones y utopías. Para la derecha, en cambio, sólo es un terrorista. Al igual que Dolores Ibarruri, “Pasionaria”, despierta un odio enfermizo y algo grotesco. Entiendo esta reacción, pues el Che encarna la vocación revolucionaria en estado puro. Comprometido con la liberación de los pueblos oprimidos, nunca ignoró que los cambios sociales necesitan grandes dosis de amor y odio. Amor a la humanidad, a la justicia y a la verdad, y odio hacia la explotación, la mentira y la desigualdad. La violencia de los pueblos que se rebelan contra sus opresores suele llamarse terrorismo. Por el contrario, la violencia de los Estados se denomina guerra, campaña global contra el terror o, en un alarde de cinismo, “injerencia humanitaria”. Lo cierto es que el capitalismo es una guerra estructural, donde una minoría pisotea la voluntad popular para imponer sus intereses, acumulando bienes y recursos a costa de la miseria ajena. 40.000 personas mueren al día por culpa del hambre. En esas mismas 24 horas, se gastan 4.000 millones de dólares en armamento, casi siempre utilizado contra países del Tercer Mundo, donde los niños son las principales víctimas de la desnutrición y las intervenciones militares. Sería absurdo no experimentar odio hacia las élites políticas, militares y financieras que causan y mantienen esta ignominia. El Che entendió enseguida que el odio es un importante “factor de lucha”. “Un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”, afirmó sin hipocresía. Demasiada lucidez para un mundo desangrado por la codicia y la insolidaridad.

En Sierra Maestra, el Che asumió el mando de la Cuarta Columna, integrada fundamentalmente por guajiros y negros, es decir, por los sectores más marginados de la población cubana. Por desgracia, el racismo se hallaba presente incluso en el Movimiento 26 de Julio, pero el Che luchó contra esa forma de discriminación, que le parecía incompatible con el espíritu revolucionario. De hecho, siempre mantuvo una visión zapatista de la revolución, según la cual la tierra debería pertenecer a los trabajadores, a los nativos o indígenas y no a los latifundistas, que debían ser expropiados sin ningún tipo de indemnización. En el caso de Cuba, los guajiros y los negros serían redimidos de su condición de parias al convertirse en campesinos, con derecho a ser los únicos beneficiarios de su esfuerzo y no los eternos braceros de terratenientes sin escrúpulos. La Cuarta Columna se estableció en El Hombrecito, construyendo una base con hospital, panadería, zapatería, escuela, talabartería e incluso un periódico (El Cubano Libre), pero también se dedicó a identificar y ejecutar a espías e infiltrados. Asimismo, aseguró el orden de la región, combatiendo a los bandoleros que se hacían pasar por guerrilleros para robar, asesinar y violar. Los hombres y las mujeres bajo las órdenes de Fidel  se arriesgaban a perder su credibilidad como ejército popular, si no protegían a las comunidades esquilmadas por forajidos y desertores. Su justicia era implacable, pues querían dejar muy claro su papel de libertadores. Los habitantes de Sierra Maestra nunca habían disfrutado de la protección de la ley. La Columna del Che les hizo sentir por primera vez que sus vidas y sus propiedades eran importantes y dignas de respeto.

Álvaro Vargas Llosa es el autor de un artículo mezquino titulado “Che Guevara, la máquina de matar”. En 2005, el diario El País publicó una versión abreviada, pues el original apareció en la prensa norteamericana, que lo publicitó generosamente. Al igual que otros adalides del neoliberalismo y la ultraderecha establecida en Miami, Álvaro Vargas Llosa justifica la invasión de Irak y Afganistán, los bombardeos de Libia y Siria y las políticas de limpieza étnica y genocidio del Estado de Israel contra el pueblo palestino, pero no escatima condenas e imprecaciones contra la Revolución cubana. Coautor del panfleto Manual del perfecto idiota latinoamericano… y español (1996), cuya intención era convertirse en la impugnación y antítesis de Las venas abiertas de América Latina (1971), de Eduardo Galeano, Álvaro Vargas Llosa, triste réplica de su repelente padre, intenta erosionar la figura del Che, señalando su implicación en los juicios contra la policía y el ejército de Fulgencio Batista, cuya dictadura empleó la tortura y el asesinato extrajudicial de forma rutinaria y sistemática. El 6 de octubre de 1960, el senador John Fitzgerald Kennedy admitía públicamente: “Quizás el más desastroso de nuestros errores fue la decisión de encumbrar y dar respaldo a una de las dictaduras más sangrientas y represivas de la larga historia de la represión latinoamericana. Fulgencio Batista asesinó a 20.000 cubanos en siete años, una proporción de la población de Cuba mayor que la de los norteamericanos que murieron en las dos grandes guerras mundiales…” ¿Por qué tanta violencia? Para sostener un escandaloso régimen de injusticias que condenaba a la mayor parte de la población a la humillación y la pobreza. En las mismas declaraciones, el senador Kennedy señaló: “En 1953 la familia cubana tenía un ingreso de seis pesos a la semana. Del 15 al 20 por ciento de la fuerza de trabajo estaba crónicamente desempleada. Sólo un tercio de las castas de la Isla tenían agua corriente y en los últimos años que precedieron a la Revolución de Castro este abismal nivel de vida bajó aún más al crecer la población, que no participaba del crecimiento económico. […] Estados Unidos era indiferente a las aspiraciones del pueblo de Cuba de tener una vida decente…De una manera que dañaba al pueblo de Cuba usamos la influencia con el Gobierno para beneficiar los intereses y aumentar las utilidades de las compañías privadas norteamericanas que dominaban la economía de la Isla. Al principio de 1959 las empresas norteamericanas poseían cerca del 40 por ciento de las tierras azucareras, casi todas las fincas de ganado, el 90 por ciento de las minas y concesiones minerales, el 80 por ciento de los servicios y prácticamente toda la industria del petróleo y suministraba dos tercios de las importaciones de Cuba”. ¿Era posible acabar con esa situación sin violencia? Batista demostró durante sus siete años de gobierno que jamás haría una concesión. No existían vías democráticas de diálogo o negociación. Sólo la posibilidad de resistir o aceptar que las desigualdades se perpetuaran. La violencia revolucionaria transformó el país, sembrando escuelas y hospitales por toda la isla. A pesar de sus reservas hacia el gobierno de Fidel Castro, René Dumont, padre del ecologismo francés, escribió: “La Revolución ha tenido lugar, ante todo, a partir de la alegría. Ha devuelto la dignidad a una gran masa de trabajadores, hasta entonces despreciados […] El esfuerzo por la alfabetización que ha hecho Cuba ha sido único en el mundo”. En la época de Batista, la mortalidad infantil superaba la cifra de 60 niños por cada mil nacimientos. Ahora, con el doble de población, sólo se registra un promedio de 4’6 defunciones. Es un porcentaje que mejora las cifras norteamericanas (5’9) y canadienses (4’8), convirtiéndose en el mejor indicador de todas las Américas. En El Salvador, donde las oligarquías nunca perdieron sus privilegios, crece hasta casi un 20 y en Colombia llega a 15. En México, se acerca a 17. Son cifras, pero cifras que reflejan un profundo dolor humano, que podría evitarse con algo de voluntad política. Sin la Revolución cubana, habrían continuado muriendo miles de niños cubanos, pero ese dato no parece relevante, tal vez porque “el sufrimiento de las víctimas del Tercer Mundo no hace sufrir mucho”, de acuerdo con las palabras del teólogo de la liberación Jon Sobrino.

El 11 de diciembre de 1964, Ernesto Che Guevara habló ante la Asamblea General de Naciones Unidas, sin negar los juicios y ejecuciones que se habían celebrado en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña: “Nosotros tenemos que decir aquí lo que es una verdad conocida, que la hemos expresado siempre ante el mundo: fusilamientos, sí, hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando, mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte. Nosotros sabemos cuál sería el resultado de una batalla perdida y también tienen que saber los gusanos cuál es el resultado de la batalla perdida hoy en Cuba. En esas condiciones, nosotros vivimos. Por la imposición del imperialismo norteamericano, pero eso sí, asesinatos no cometemos”. La crudeza de estas palabras puede chocar con nuestra sensibilidad, pero conviene aclarar que el Che no es “el carnicero de La Cabaña”, pese a ser la máxima autoridad de la guarnición. En la Cabaña se constituyeron dos tribunales revolucionarios. El primero juzgaba a policías y militares del régimen de Batista. El segundo se ocupaba exclusivamente de civiles y no dictó ninguna sentencia de muerte. El Che no formaba parte de los tribunales, pero revisaba las apelaciones. Paco Ignacio Taibo II habla de 55 ejecuciones (Ernesto Guevara, también conocido como el Che, 1996). John Lee Anderson considera que se produjeron 550 (Che Guevara, Una vida revolucionaria, 1997). Se estima que la mayoría de los condenados habían participado directamente en torturas y asesinatos. En las comisarías de Batista, se cometieron las peores atrocidades. Existía una fuerte presión popular a favor de un castigo ejemplar. ¿Cuántos de nosotros no hemos aprobado el juicio y la ejecución de Eichmann?  ¿Acaso Melitón Manzanas y el capitán Astiz no concitan una  invencible repugnancia y un ardiente deseo de justicia? A la caída de Batista, se descubrieron fosas clandestinas y cárceles secretas. El conocido periodista neoyorkino Jules Dubois publicó en el Chigago Tribune un artículo que relata el caso de un policía de Batista que confesó el asesinato y tortura de 17 jóvenes durante el período de lucha urbana. Se ha citado muchas veces el caso de Eutimio Guerra, ejecutado personalmente por el Che en Sierra Maestra. Eutimio aceptó traicionar a la guerrilla a cambio de 10.000 pesos. También se ofreció a asesinar a Fidel Castro. Sus delaciones causaron verdaderos estragos. Desde una avioneta, señaló las posiciones de las columnas revolucionarias, posibilitando un bombardeo que costó muchas vidas. Delató al arriero Carlos Frías y al guerrillero Julio Zenón Acosta. Ambos fueron torturados y asesinados. Eutimio se ausentaba y regresaba, con el pretexto de atender a su madre enferma. Fidel autorizaba sus salidas y a veces le entregaba dinero y provisiones. Ciro Frías, hermano de Carlos, logró capturarlo y Fidel ordenó su fusilamiento, después de interrogarlo. El Che y otro combatiente se alejaron del campamento y le dieron una botella de ron para aliviar el miedo. A continuación, el Che le disparó en la cabeza con una pistola del 22, pero ni siquiera su muerte evitó que las comunidades campesinas de Sierra Maestra continuaran sufriendo represalias a causa de la información que había proporcionado al ejército de Batista. El campesino Dariel Alarcón, que abastecía a las fuerzas de Fidel, perdió a su esposa, que no sobrevivió al ametrallamiento de su casa. No está probado que el Che ordenara en Santa Clara el fusilamiento del coronel Joaquín Casillas, que había asesinado al dirigente sindicalista Jesús Menéndez de un tiro en la espalda, pero no es improbable. En definitiva, el Che actuó como un jefe militar en un contexto de guerra revolucionaria. Si le condenamos, tendremos que condenar también a las fuerzas aliadas que derrotaron a Hitler, Mussolini y el general Tojo, recurriendo a una estrategia militar y constituyendo tribunales internacionales para juzgar sus crímenes contra la humanidad, pero con la diferencia de que los aliados no pretendían construir una sociedad más humana, sino preservar el predominio de los antiguos imperios coloniales y su estilo de vida, pese a que el resultado fue el desmoronamiento de Francia y Reino Unido como grandes metrópolis y la consolidación de Estados Unidos como primera potencia mundial.

Se acusa al Che de homófobo, pero no creo que lo fuera más que el resto de la sociedad de su tiempo. En los años sesenta, la homofobia era un prejuicio muy extendido y muy pocos se libraban de albergar esa clase de sentimientos, ligados al machismo imperante. En una entrevista reciente, Fidel Castro admite que hace cinco décadas se marginó a los homosexuales en Cuba y muchos fueron enviados a campos de trabajo militar-agrícola, acusados de contrarrevolucionarios. “Fueron momentos de gran injusticia –admite Fidel- y, desdichadamente, lo hicimos nosotros. Yo soy el último responsable y no pienso echarle la culpa a otros”. En 1990, la Revolución cubana despenalizó la homosexualidad y desde 2008 se realizan operaciones gratuitas de reasignación de sexo. Además, existe un Día Mundial contra la Homofobia, cuyo lema es: “La homosexualidad no es un peligro, la homofobia sí”. Los ataques contra el Che no se interrumpirán. Paradójicamente, procederán de los mismos que no se inmutan cuando Estados Unidos bombardea Oriente Medio, promueve golpes de estado, tortura con impunidad en cárceles que no reconocen la legalidad internacional o comete asesinatos extrajudiciales mediante sus drones. Los que acusan al Che de terrorista, son los mismos que aplauden los desahucios, los recortes sanitarios y educativos, las reformas laborales que destruyen empleo, la rebaja de los salarios y las leyes de excepción que permiten al Ejército y las Fuerzas de Seguridad del Estado secuestrar, torturar y asesinar a líderes sindicales, activistas de los derechos humanos, periodistas o simples ciudadanos. Los Mario Vargas Llosa, Fernando Savater o Bernard-Henri Lévy no levantarán la voz para denunciar los crímenes de Álvaro Uribe o Felipe Calderón, fieles vasallos de Estados Unidos, pero nunca cesarán de vociferar contra Ernesto Guevara de la Serna. Sin embargo, los que le amamos y admiramos desviaremos la mirada de sus artículos venales y releeremos el hermoso poema que le dedicó Julio Cortázar, un intelectual honesto y comprometido:

No nos vimos nunca pero no importaba.
Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.

“Yo tuve un hermano…” Somos muchos los que hemos experimentado ese sentimiento de fraternidad al recordar al revolucionario que decidió acompañar en la muerte y en la victoria a los pueblos oprimidos de América Latina y África. El Che no era un aventurero, sino un ser humano que hizo de la solidaridad su bandera y derramó su sangre por los pobres, los parias y los enfermos. Aunque les pese a muchos, su rostro sigue desprendiendo luz y esperanza, mostrándonos que es posible un mundo diferente, donde la felicidad no esté asociada a la acumulación y el privilegio, sino a la generosidad y el desprendimiento.

*Into The Wild Union

 

 

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