Carlos Olalla*. LQSomos. Septiembre 2017

Nunca lo tuvo fácil. El destino le trajo al mundo en Yarmuk, un campamento de refugiados palestinos en Siria. A los ocho años vio bailar a unas niñas en su colegio y supo que él había nacido para eso. En la cultura árabe que un hombre baile se considera como algo vergonzoso. Él aprendió a bailar a escondidas. Cuando su padre se enteró le pegó una paliza y fue especialmente duro con sus piernas. No quería que pudiese volver a bailar. Fue tal la desesperación de Ahmad que intentó quitarse la vida cortándose las venas de su muñeca izquierda. Su madre entendió que su hijo amaba el baile por encima de todo y le apoyó. No tardó en divorciarse de su marido que, con su segunda esposa, huyó de Siria para ir a vivir como refugiado a Berlín. Ahmad, con dieciséis años, entró a formar parte de la compañía de danza más importante de Siria. Sin embargo, con la guerra la compañía se trasladó a Dubai. Él se quedó en Yarmuk dando clases a niños y niñas. En 2014 alcanzó la fama porque participó en la versión árabe de “Mira quién baila”. No tardó en recibir amenazas de muerte del Estado Islámico. Su respuesta fue ir a las ruinas de Palmira, que poco después sería tomadas por el ISIS, y bailar sobre ellas. Se tatuó en su nuca un mensaje: “Bailar o morir”. Alguien le preguntó el porqué de aquel tatuaje precisamente en la nuca (en la cultura musulmana los cuerpos tatuados no pueden entrar en el paraíso), y él respondió “porque es ahí por donde ISIS corta el cuello a sus víctimas” El estudio donde bailaba y daba clases a los niños fue destruido por la guerra, pero él no dejó de bailar. A partir de entonces lo hizo en la azotea de su casa, escuchando el ruido de las balas y las bombas. Y tampoco dejó de dar clases: esta vez las daba a niños y niñas huérfanos, y a personas con discapacidad funcional, síndrome de Down principalmente.

En septiembre de 2016 el ejército sirio le llamó a filas. Estando en guerra el servicio militar dura allí tres años, tres años en los que debía abandonar la danza, lo que para un bailarín de su edad suponía en la práctica abandonarla para siempre, y tenía además que estar dispuesto a matar a sus propios compatriotas, algo a lo que jamás accedería: “Supe que me matarían porque yo no estaba dispuesto a matar a nadie, y menos a mi propia gente” Fue entonces cuando el destino quiso que un periodista holandés que estaba buscando material para un documental sobre la vida cotidiana en la Siria en guerra, vio su página de Facebook y contactó con él. Ahmad le dijo que bajo ningún concepto abandonara Holanda para desplazarse a Siria, pero el periodista insistió y le dijo que iba a viajar de todas formas. Le entrevistó y grabó un documental contando su historia que se llama “Bailar o morir”. El documental se emitió en varios países y la historia de Ahmad llegó a lo más hondo del corazón de muchas personas. Una de ellas era el director del ballet Nacional de Amsterdam que inmediatamente le escribió un email diciéndole que quería que fuera a Holanda para incorporarse a su escuela. Ahmad creyó que la vida era injusta porque le brindaba una oportunidad que él nunca podría aprovechar: es refugiado palestino. Los refugiados no existen. Ahmad no tiene pasaporte. Pero aquel hombre removió cielo y tierra y no paró hasta conseguirle un visado con el que pudiera viajar y creó un fondo para que, quien quisiera, hiciera aportaciones económicas para poder traer a Ahmad a Holanda y costear su estancia y formación. En poco tiempo reunieron el dinero que necesitaban. Aquel fondo sigue hoy abierto para que quien quiera pueda ayudar a traer a más jóvenes artistas como Ahmad a Holanda para que puedan tener una oportunidad. El fondo se llama danza por la paz. Aquí puedes visitarlo: https://www.danceforpeace.nl/english
Para Ahmad todo aquello no podía estar pasando. Iba a poder vivir lejos de la guerra y del odio, no iba a tener que hacer el servicio militar y, además, bailaría con artistas a los que llevaba años viendo en youtube.

Ahmad vive hoy en Amsterdam. Su historia y su determinación le han convertido en un embajador mundial de la paz. Ha bailado ante decenas de miles de espectadores en las principales ciudades europeas llevando un mensaje que hoy es más necesario que nunca: “mantener la cultura es una forma de vencer la intolerancia y el odio”. En diferentes entrevistas Ahmad ha contado que, a pesar de lo dura que es la vida en un campamento de refugiados, recuerda su infancia como algo feliz, al menos hasta que decidió ser bailarín: “El campamento palestino de Yarmuk acabó siendo un barrio al sur de Damasco, con escuelas y hospitales, del que podías salir y entrar. A nadie se le ocurría preguntar si éramos musulmanes, judíos o cristianos…” Antes de abandonar Yarmuk fue a una plaza totalmente destruida para bailar. Eligió aquel lugar porque allí habían asesinado a gran parte de su familia: “Muchas personas murieron aquí. Mis tíos murieron aquí. Quiero bailar por sus almas”

Ahmad es un hombre que, pese a su juventud, lleva encima muchas heridas. Algunas, como la de la muñeca que se cortó en la adolescencia, las ha tapado tatuándose una paloma y la palabra libertad. Pero hay otras que todavía tiene que cerrar. La relación con su padre era una de ellas. Llevaba once años sufriendo que su padre no solo no quisiera hablar con él, sino que ni siquiera, en medio de un país en guerra, preguntase por él cuando, desde Alemania, hablaba con su madre y sus hermanos. Cuando llegó a Amsterdam decidió ir a visitarle. No le avisó. Quería que fuera una sorpresa: “decidí mostrarle la importancia de la danza en mi vida y perdonarle si me aceptaba tal como soy. Fui a verle a Berlín y no se lo podía creer. No hacía más que pedirme perdón, darme las gracias y proponer que me quedara. Yo le dije que estaba allí gracias a la danza. Que el baile puede cambiar la vida, algo que él, profesor de arte, debería entender. Ahora lo ve, y aunque no pienso vivir a su lado, yo tenía que perdonar para seguir adelante”.

En una reciente entrevista aparecida en “El mundo”, Ahmad hablaba de su realidad actual y de los sueños que tiene para el futuro, esos sueños que le han acompañado siempre y que han salvado su vida: “Amo a los niños y hace unos años solía enseñarles a bailar en Siria. Lo hacía a escondidas para no ponerme en peligro a mí ni a ellos. Era mi forma de convertir a los niños huérfanos o con Síndrome de Down en personas felices, libres y fuertes. Para que pudiesen enfrentarse a la guerra bailando…. Me emociona que en Siria mis estudiantes esperen noticias mías y que me hayan convertido en un referente, porque ahora tienen claro qué quieren ser en el futuro. Quieren tener un futuro. Mi vida ahora es totalmente diferente. En Siria solía sobrevivir; en Europa vivo mi vida. Me entristece que mi familia siga viviendo allí en muy malas condiciones, pero les ilusiona verme como un icono de la libertad. Mi gran sueño es regresar a mi país y poder crear el Ballet Nacional Sirio. Bailar en un teatro es muy diferente a bailar en el tejado de mi casa. Lo que ahora me apetece es compaginar mi trabajo como bailarín invitado en Amsterdam con mis propias actuaciones y la producción de una obra que quiero titular Dance or Die. Me gustaría realizar una gira por distintos países para lanzar mi mensaje y dejar claro al mundo que mi historia es solo una entre el millón de historias de artistas en Siria que sueñan con alcanzar la libertad”

“Yo tenía que perdonar para seguir adelante”. un sentimiento como éste solo puede nacer de un corazón grande, del corazón de alguien que ha sufrido pero no ha dejado que le venzan, del alma de un ser nacido para amar aunque le haya tocado vivir en un mundo dominado por el odio y la intolerancia. Personas como Ahmad son auténticos héroes en un mundo tan necesitado de esperanza como el nuestro. Ahmad ha utilizado todo lo que es, su vida y su cuerpo, para mostrarnos que otro mundo es posible y que el camino para alcanzarlo empieza en lo más hondo de nosotros mismos.

Cuando, desde el Festival Internacional de Cine de Cañada Real conocimos su historia tuvimos claro que tenía que venir a bailar y a compartirla con nosotros. Lo hará el día 17, día mundial de la paz, junto a otro artista como Marwan y a Federico Mayor Zaragoza, que nos hablará de la construcción de la paz en el mundo de hoy. Intervendrá también Fina Ancín, una de las voluntarias que aparecen en el documental “Los sueños de Idomeni” de Amparo Climent que proyectaremos junto al vídeo de la canción “La oración de las madres” del movimiento por la paz Women Wage Peace. El acto empezará con una oración interreligiosa por la paz a cargo de un imán, de un pastor evangelista, y de un cura católico, que, juntos, nos invitarán a unirnos en un deseo universal de paz. Esta es la coreografía que bailará Ahmad. Si quieres más información puedes encontrarla en nuestra web www.16kms.org No dudes en venir. Te esperamos con los brazos abiertos.

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