relato109Benjamín Lajo Cosido*. LQSomos. Octubre 2015

Fue un agosto de mi adolescencia en Burgos donde aprendí que en la vida los huevos, además de poseerlos las aves, no sólo son atributos masculinos sino también femeninos.

Estaba dándome él último remojón en las Piscinas Municipales, pues a las nueve cerraban y desalojaban cada día a los rezagados de siempre. Es decir, a nosotros. Aprovechábamos ese momento para hacer todo lo que estaba prohibido en las instalaciones durante la jornada, como tirarse del quinto trampolín en la piscina olímpica, estando clausurado desde el segundo. Yo era muy miedica en esos menesteres y sólo contemplaba a mis amigos dar ese enorme salto desde lo más alto. Me conformaba con mirar, y de paso, me bañaba cuando por megafonía anunciaban su inminente cierre por tercera vez.

Algunos burlábamos a los socorristas, y cuando seguían a uno, se lanzaba al agua otro. Así todos los días de los meses estivales. Éramos un encanto de chiquillos, vamos, unas joyas de la barriada más conflictiva del barrio de Gamonal: La Inmaculada… Hijos de Atila.

Cuando nos fueron literalmente cazando, nos expulsaron de las instalaciones con más resignación que firmeza. A fin de cuenta éramos eso, unos críos rebeldes. Como ahora somos los que quedamos y aún nos vemos de lustro en lustro. Hay amistades que si se pierden, se pierde algo de uno mismo ¿verdad? Creo que muchos me comprenderán.

Con las prisas del desalojo, me quité el bañador, y al no llevar muda de repuesto me puse los pantalones directamente. Entre las risas de mis colegas y los comentarios de lo acaecido, subí la cremallera de golpe. ¡Zas! Como quien cierra una puerta cabreado. No tardé en darme cuenta del error que puede derivar vestirse con prisas para ir más rápido y me pillé el escroto. No pude ver la cara que puse, pero todos me miraron como intuyendo que la había cagado en algo. Cuando se dieron cuenta del desastre que yo mismo me produje, las risas de mis amigos ya no me sonaban tan divertidas y encantadoras. De la madre de alguno me acordé entre lágrimas de dolor, de eso me acuerdo perfectamente.

Como pude, caminé los dos kilómetros de distancia que había a mi casa teniendo que oír los jocosos comentarios de ánimo de mis amigos de barrio: “Te la van a cortar, tío”. “Eso es de quirófano, te van a operar, ya verás”… Estaba horrorizado. Me enfadé, bastante desesperado hasta con aquellos que evitaron reírse, pero sabía que por dentro se estaban tronchando.

El caso es que los envié a todos a freír paraguas y llegué a mi casa con pasos muy cortos y con el culo a dos pies de todo mi conjunto.

En casa estaba mi hermana María Jesús, metida en la faena del hogar antes de que llegara mi madre, Esperanza, de trabajar. Yo tenía ocho años y ella veintiuno.

Cuando me vio el rictus desencajado y los ojos desorbitados, me preguntó qué me ocurría. Se lo conté tan rápido que tuve que volver a repetírselo para que me entendiera, aunque nunca supe si reaccionó por coraje o por impotencia. Ella todavía tampoco lo tiene claro.

El caso es que mi hermana tiene más nervio que yo, que soy pura vena, y sin pensárselo dos veces hizo el camino inverso de la cremallera; sin previo aviso siquiera, ni importarle demasiado que cupiera la más mínima posibilidad de que podía arrebatarme en el intento parte de lo que hoy tengo entero, sin cicatrices de guerra, por suerte, no se lo pensó.

¡Zas! (otra vez) Imagínense el alarido que di. Parecía la sirena de la fábrica de quesos frescos de Casa la Vieja, que está cerca del barrio, junto al río Vena.

Cuando el dolor comenzó a disiparse como el humo de un incendio extinguido, me atreví a mirar el desaguisado. Me alivió comprobar que salvo los dientes de la cremallera marcados en mi bolsa testicular, todo seguía en su sitio. Un poco enrojecido, eso sí.

Mi hermana y yo recordamos a menudo este suceso para amenizar las conversaciones familiares durante años. Ella fue quien los puso sobre la mesa… de verdad y de avestruz.

* Benjamín Lajo Cosido

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