Guadi Calvo*. LQSomos. Octubre 2017

Como si los problemas del presidente afgano Ashraf Ghani y la cada vez más endeble alianza que lo mantiene en el poder fueran pocos, debe lidiar con una economía que no se puede poner en pie y con el sectarismo de los clanes cada vez más rebeldes. Además y fundamentalmente tiene que enfrentarse con la insurgencia talibán cada vez mejor armada y entrenada que prácticamente controla el 40% del territorio, llegando a incursionar en las zonas más controladas de la capital Kabul.

Estados Unidos, su mentor y socio fundamental, con las nuevas estrategias de Trump no solo para Afganistán sino para toda la región, lo están poniendo en la línea de fuego que día a día se incrementa entre Washington y Beijing.

Estados Unidos se encuentra muy atento al intercambio económico y político entre China y Pakistán, donde el gobierno del presidente Xi Jinping está haciendo gigantescas inversiones que superarían los 50.000 millones de dólares en la búsqueda de una salida terrestre con trenes y rutas para sus productos en busca de los mercados de occidente.

Este último martes se inició la gira de cuatro días del Secretario de Defensa norteamericano, James “perro loco” Mattis, por el sur de Asia y cuyo primer punto a visitar fue la India, país en el que desde hace por lo menos tres meses se incrementa el siempre latente conflicto fronterizo con China (Ver: India entre la Revolución Rosa y China). En Nueva Delhi, Mattis se reunió con su homóloga, Nirmala Sitharaman, para discutir en buena sintonía “una serie de asuntos bilaterales, regionales y globales” y sobre todo la cuestión fronteriza con China, Pakistán y el envío de tropa indias a Afganistán. Después de la reunión declaró: “India es un socio principal de nuestra defensa, y cuenta con una oportunidad histórica para nuestras dos democracias en un momento de convergencia estratégica” y agregó “A medida que India ocupe el lugar que le corresponde en la mesa mundial, la India encontrará a los Estados Unidos como un amigo y socio firme”.

A pesar de los elogios del jefe de la defensa norteamericana, Sitharaman aclaró que India no está dispuesta a enviar tropa a territorio afgano. No es para menos si se tiene en cuenta los 2.900 kilómetros de frontera con Pakistán, en los que se incluye los siempre muy ardiente 740 kilómetros de la “Línea de Control”, el sector en disputa con Cachemira, que ya ha provocado tres guerras entre ambos países, hoy potencias nucleares. Además las fuerzas armadas y particularmente el todo poderoso inter-Services Intelligence (ISI) pakistaní mantiene con los grupos fundamentalistas como Harkat-ul-Mujahideen (Guerreros de la Fe), Tehrik-e-Talibán Pakistán y otra organizaciones vinculadas a al-Qaeda y al Daesh, una extraña relación que en algunos puntos parecen acercarse demasiado. Y eso sumado a los 150 millones de musulmanes que viven en India, con quienes la situación tampoco admite que Nueva Delhi, salga a matar a sus hermanos afganos. Nueva Delhi, sí ha comprometido inversiones en Afganistán y en concreto ha comprometido 3.000 millones de dólares en proyectos de desarrollo y entrenamiento militar a oficiales afganos.

El acercamiento entre Washington y Nueva Delhi, lo corrobora la compra de armamento norteamericano por unos 15.000 millones de dólares durante la última década, alejándose así de Rusia, quien fue históricamente su proveedor. En la actualidad, indios y norteamericanos, se encuentran en avanzadas negociaciones para una adquisición de 22 aviones teledirigidos Sea Guardian y drones para que la marina hindú pueda monitorear y aumentar la vigilancia en el Océano Índico, donde buques de guerra y submarinos chinos incursionan con cierta regularidad.
La compra también incluiría 90 aviones de guerra Avenger Predator para las bases de la fuerza aérea india próximas a Cachemira. Además Estados Unidas está negociando la oferta de Lockheed Martin (LMT.N) para la construcción de aviones de combate F-16 como parte de la campaña de Modi para construir una base industrial militar nacional. Esto coincide con la reciente visita de Modi a Israel, la primera que hace un mandatario indio al enclave sionista rompiendo la tradición de la diplomacia de Nueva Delhi, de apoyo a los reclamos palestinos, donde se acordaron compras de armamento y la construcción en India por parte de Israel de una fábrica de tanques y otras unidades blindadas.

Afganistán en otra línea de fuego

El miércoles pasado, tras su visita a India, el ex general Mattis fue recibido por todo lo alto en Kabul por el jefe del Pentágono acompañado del secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el noruego Jens Stoltenberg. En unos minutos se encontraron con una andanada de morteros y la incursión de varios combatientes del Talibán, que penetraron en el extremo sur de Camp Sullivan, un complejo de la embajada de Estados Unidos cerca del aeropuerto internacional de Kabul. Aunque existen otras versiones que afirman que podrían haber sido miembros del Daesh quien, como ya suele ser habitual, se adjudican cualquier ataque.

La acción provocó el incendio de un depósito de armas, lo que desencadenó una serie de explosiones. Al menos una persona murió y once resultaron heridas, mientras que dos aviones militares estadounidenses, uno afgano y otro civil resultaron alcanzados por el fuego. Según testigos, los combates entre los muyahidines, y las fuerzas de seguridad que protegían el aeropuerto se prolongaron durante varias horas.

Tras el ataque, aviones norteamericanos, en apoyo de una unidad especial de la policía afgana, realizó varios ataques, causando la muerte de varios civiles, aunque no se dio información de cuántos y en qué circunstancias. Un escueto comunicado confirmó que el accidente se produjo a raíz de un “desperfecto técnico”.

Más allá de los muertos que a Mattis no le detienen, el secretario declaró que Pakistán debe sellar sus fronteras para evitar el paso de los terroristas, que utilizan su territorio como santuario.

Semanas antes Trump había llamado a Islamabad a “hacer más” en la lucha contra el terrorismo y dejó caer una no tan velada amenazada cuando aseguró que Pakistán “tenía mucho que perder” si seguía tolerando la presencia de terroristas en su territorio.

Las nuevas políticas de Trump para Afganistán conseguirá llevar más militares norteamericanos a combatir a los Talibanes. Se calcula entre 3.000 y 5.000 que se sumarán a los casi 9.000 soldados estadounidenses y otros 5.000 de la OTAN, que aún permanecen en Afganistán en tareas fundamentalmente de vigilancia y entrenamiento.

Mientras tanto el gobierno afgano, convencido que nada se conseguirá por la fuerza con los rigoristas, intenta abrir nuevas conversaciones de paz, a lo que el Talibán se niega mientras continúe la invasión norteamericana.

Las continuas y cada vez más duras objeciones de los Estados Unidos contra Pakistán, obligaron al país asiático a amenazar con romper los lazos con Washington, mientras que el ministro de Relaciones Exteriores pakistaní Khawaja Asif, salió en gira por los países de la región en un intento de discutir la formación de un frente para oponerse a la política norteamericana para Afganistán.
El último martes 20, el primer ministro pakistaní Shahid Khaqan Abbasi, se reunió con el vicepresidente Mike Pence, en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas, en Nueva York, para discutir las críticas relaciones entre las dos naciones que han sido históricamente aliadas. Aunque al parecer por lo dicho Mattis tanto en India como en Afganistán no habrían llegado a buen puerto.

De seguir Trump con su diatriba contra Islamabad, -quien desde 2003 tras acompañar a Estados Unidos en su guerra contra el terrorismo, ha perdido unos 22.000 soldados y 8.000 civiles-, terminará de empujar a Pakistán a la alianza en ciernes que componen Rusia, China, Turquía e Irán. Un cuarteto demasiado contundente para asustarlo con un perro loco.

* Escritor y periodista argentino. Publicado en Línea Internacional

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