trabajo-simple-lqsAntoni Puig Solé*. LQSomos. Febrero 2015

Marx define el concepto “trabajo abstracto”, una vez ha aclarado que el valor de uso (utilidad), vinculado a las características concretas de cada mercancía, es insuficiente para comprender cómo funciona el capitalismo y entonces nos advierte que es necesario analizar el valor de cambio.

En relegar momentáneamente la utilidad de cada una de las mercancías, ya se abre el camino para hacer abstracción del trabajo específico (carpintería, minería…) que se encuentra detrás de él y poner así el acento en el aspecto común de todos estos trabajos como actividad fisiológica.

De este modo, el concepto de trabajo abstracto surge como contraposición al trabajo concreto, es decir, al trabajo sensible, visible y audible (del carpintero, del dentista, del camarero…) que se pone de manifiesto a través de la producción de un valor de uso claramente delimitado (una mesa, el empaste de una muela, servir un café…).

Marx llega a este concepto al analizar las relaciones de intercambio entre dos bienes. Se trata de saber por qué una determinada cantidad de un bien A puede intercambiarse por otra cantidad de un bien B. Esta posibilidad de igualar bienes completamente diferentes, debe provenir de alguna sustancia que comparten.

A primera vista, es lógico que se ponga en duda esta suposición ya que aparentemente no hay nada en común entre las mercancías que se intercambian (sillas y empastes de muelas, por ejemplo). Esta postura escéptica conduce a una serie de consecuencias peculiares en torno a las que se ha construido la teoría subjetiva del valor, que afirma que el valor de la mercancía se deriva principalmente de su valor de uso (utilidad), una concepción de la que Marx huye escopeteado, como decíamos al principio.

Marx se distancia así de la mitificación de la utilidad y considera que es otro el elemento común de las mercancías que permite que cualquier persona física o jurídica esté dispuesta a intercambiar bienes de uso diferentes. Inmediatamente llega a la conclusión de que este elemento común, que denomina sustancia del valor, no puede proceder de la composición física o química del producto sino que tiene un origen social, lo que le lleva a examinar el acto social de la producción.

Ahora bien, en esta producción, como ya hemos dicho, sólo se visualizan los trabajos concretos que dan lugar a cada una de las mercancías particulares. Lo que pasa es que estos trabajos concretos, siempre son llevados a cabo por seres humanos que utilizan su inteligencia, su destreza, sus conocimientos, sus músculos, sus nervios y sus manos, y esto nos permite observarlos como trabajo humano indiferenciado.

Marx da varios pasos para definir el trabajo abstracto

En primer lugar se refiere al desgaste fisiológico (cerebro, músculos, nervios, manos,..) que todo trabajo conlleva. Así, en arrinconar las particularidades de cada uno de los trabajos concretos, el trabajo se presenta como una mera abstracción que, aunque a primera vista no la vemos, sabemos que existe y nos la podemos imaginar. Al igual que hacemos abstracción de conejos, pollos, vacas o cabras cuando nos referimos a todos ellos a través del concepto animales, podemos hacerlo con el trabajo del carpintero, el dentista o el camarero, entre otros.

Pero inmediatamente después, Marx se refiere de nuevo al carácter social del proceso de trabajo para recordar que los diferentes productores de mercancías interactúan entre ellos, lo que conlleva que las mercancías tengan a la vez valor de uso y valor de cambio.

Esto incita a relacionar el trabajo concreto con el valor de uso de tal o cual mercancía pero, como hemos dicho al principio, esta relación no es suficiente para determinar el valor de cambio y puede acabar siendo perversa. Marx asocia el valor de cambio, una y otra vez, a las relaciones sociales específicas que existen bajo el capitalismo donde el trabajo en general, se destina a la producción de mercancías. Se ve, por tanto, que Marx no habla de un trabajo cualquiera, sino que asocia el concepto de trabajo abstracto con las relaciones sociales específicas del capitalismo.

Este segundo aspecto es vital: el desgaste fisiológico como tal es un elemento presente en todos los periodos históricos, como también lo es la producción de valores de uso, como ya hemos visto. Por el contrario, el valor de cambio sólo luce en las sociedades mercantilizadas. Por esta razón, Marx al hablar de valor, no sólo introduce uno, sino tres elementos:

1.- la sustancia.

2.- la magnitud.

3.- la forma.

La magnitud del valor hace referencia a la suma de sustancia, es decir, a la suma de trabajo abstracto que cada mercancía absorbe.

Al hablar de la suma de trabajo se piensa inmediatamente en tiempo (horas de trabajo) y aquí surgen inmediatamente algunas preguntas, que nos obligan a aclarar un poco más todo lo de la cuantía de sustancia del valor:

¿El tiempo empleado en la producción de una mercancía tiene el mismo peso, independientemente de los diferentes conocimientos de los trabajadores y los niveles de dureza con la que se ven obligados a trabajar?

¿Si un trabajador es perezoso, no destina más tiempo que otro que no lo es?

¿Las condiciones productivas (nivel de productividad) en el que operan las personas, no son diferentes según el entorno geográfico, la tecnología con la que trabajan y la organización del trabajo?

Marx tiene una solución para el primero de los interrogantes. Hace una diferenciación entre lo que llama trabajo simple y trabajo complejo, concepto, este último, que reserva para referirse a los trabajadores altamente capacitados o los que trabajan en situación más difíciles (trabajo nocturno, por ejemplo) que el resto. Estos trabajos complejos pueden ser considerados como “múltiples del trabajo simple.” Por tanto, una hora de trabajo de un médico, que previamente necesitó destinar mucho tiempo para su formación, se considera como 1 + n horas de trabajo simple.

Ahora bien, ¿qué demonios es eso del trabajo simple?

Uno tiene la tendencia a considerar el trabajo simple como trabajo no cualificado, como el trabajo de los peones. Si bien esta versión no está del todo desencaminada, hay que tener presente que todos los trabajos necesitan algún tipo de habilidad y conocimiento. Hoy en día, por ejemplo, la mayoría de los trabajos requieren la capacidad de leer y hasta de hablar más de un idioma. Una gran cantidad de trabajos sólo se pueden realizar si se tiene una formación especializada.

El capitalismo es un sistema en mutación y se va dotando de una mano de obra capaz de hacer todas las cosas que la producción exige, utilizando principalmente el sistema educativo. El nivel básico, medio de habilidad, que está en constante cambio, es el que podría ser tipificado como “trabajo simple”. A las personas que quedan por debajo de este nivel, el sistema las repudia o las obliga a trabajar en condiciones devaluadas con relación al resto. El incremento del nivel de formación medio también afecta a lo que se considera trabajo complejo. Hace sólo unas décadas, un trabajador alfabetizado era considerado como alguien mucho más preparado que el resto, mientras que hoy esto ya no ocurre.

El segundo interrogante es mucho más sencillo de resolver. Es posible que ciertas personas no tengan muchas ganas de trabajar, pero el propio sistema de relaciones sociales pone en marcha los medios para que se vean obligadas a seguir el ritmo del resto. Bajo el capitalismo, además, hay un sistema disciplinario que obliga a que los trabajadores respeten unos determinados ritmos de trabajo y los capitalistas dedican medios para conseguir aumentar cada vez más estos ritmos. Algo parecido ocurre hacia las destrezas y habilidades ya que las personas menos diestras, quedan relegadas.

El tercer tema (los efectos de los diferentes niveles de productividad) de nuevo tiene una cierta complejidad. Pero además, es un tema de gran actualidad y por desgracia, se aborda poco al tratar del trabajo abstracto.

No todos los trabajos contienen la misma capacidad productiva y estas capacidades se modifican con el paso del tiempo. Aclaremos, para evitar equívocos, que al hablar de la productividad del trabajo, nos referimos a la masa de productos que se es capaz de producir en un espacio delimitado del tiempo.

Es evidente que el número de productos agrícolas que se consigue producir, es mucho mayor en un terreno fértil que lo que se consigue en otro de menor fertilidad. Lo mismo ocurre con la producción que se lleva a cabo en las fábricas, según sea una u otra la tecnología que se emplea.

Entonces, dada esta diversidad, ¿cuál es la magnitud del trabajo abstracto que tomaremos como punto de referencia para determinar el valor?

Aquí, la solución es similar a la que ha permitido resolver el problema del trabajo simple

Si bien hay diferentes niveles de productividad, los sectores menos productivos no pueden fabricar y vender sus productos más caros que el resto y son desplazados por sus competidores, por lo que resulta muy difícil y costoso producir por debajo de los niveles medios de productividad. Por el contrario, las empresas que consiguen unos niveles de productividad superiores a la media, gozan de una ventaja comparativa que les permite conseguir unos beneficios mucho más elevados que el resto.

Todo ello nos lleva a la conclusión, que la magnitud de trabajo abstracto asociada a cada mercancía, depende de las condiciones sociales en un momento determinado. He aquí por qué Marx habla del trabajo abstracto socialmente necesario.

Al tratar el tema de la productividad, Marx da una nueva pista interesante al situar la lupa sobre los efectos que los engrosamientos de productividad tienen en la cuantía total de la riqueza material (cantidad de valores de uso) y en el valor unitario (trabajo socialmente necesario) de cada una de las mercancías producidas.

Resultado de su investigación

En primer lugar, recuerda que un aumento de la productividad permite, durante una hora de trabajo, obtener una mayor producción material. De ello se deduce que la riqueza materia producida, materializada en un número concreto de valores de uso, aumentará.

Por el contrario, como el valor de cada mercancía va asociado al trabajo socialmente necesario para producirla, resulta obvio que detrás de cada uno de los valores de uso producidos habrá menos tiempo de trabajo, con lo que la magnitud de su valor unitario disminuye.

Veámoslo con un ejemplo: un aumento de la productividad en la producción de abrigos, nos permitirá disponer de más abrigos y, por tanto, tendremos la posibilidad de abrigar a más gente. Con ello, la riqueza material aumenta. A su vez, para fabricar un abrigo necesitaremos menos tiempo de trabajo social, lo que conlleva que el valor unitario de cada uno de los abrigos sea inferior.

Pasemos ahora al último tema que Marx pone sobre la mesa: la forma como se manifiesta el valor. Esto nos lleva inexcusablemente al acto del intercambio de que hemos hablado al comienzo.

El valor social de la mercancía se formalizará con el intercambio: sólo cuando, por norma general, al entregar una mercancía A se entrega a cambio una cantidad determinada de mercancía B, es posible comprobar el valor social de la mercancía intercambiada. Y esto nos lleva a la conclusión de que el valor es un fenómeno social asociado inevitablemente a la mercancía, es decir, asociado a los valores de uso, producidos gracias al trabajo humano, con el fin de ser intercambiados.

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