Carlos Olalla*. LQSomos. Junio 2017

Porque no somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan

Norman Bethune fue un ser excepcional, imprescindible, una persona capaz de entender la realidad de su tiempo y luchar hasta el final por cambiarla. Para él la vida carecía de sentido si no iba acompañada de valores como solidaridad, idealismo, amor o generosidad. Había nacido en Gravenhurst (Canadá) en 1890 y, movido desde muy joven por su sensibilidad y su necesidad de ayudar a los demás, empezó a estudiar medicina. Nunca había sido un estudiante brillante, pero sabía lo que quería y fue su determinación la que le permitió llegar a la Universidad. Su inquebrantable espíritu solidario hizo que interrumpiese su carrera para ir a enseñar a leer y escribir a leñadores que trabajaban en los bosques. Regresó a la Universidad cuando estalló la Primera Guerra Mundial y, de nuevo, su espíritu solidario le hizo aparcar sus estudios para alistarse como camillero de ambulancias en primera línea.

Vino a Europa empujado por la necesidad de salvar vidas. Acabada la guerra regresó a Canadá para terminar la carrera. Se licenció en 1916. Se especializó en cirugía torácica y fue una eminencia en el tratamiento de la tuberculosis, enfermedad que había padecido tras ser contagiado por uno de sus pacientes. No tardó en darse cuenta de que los pacientes que morían eran los que no podían pagarse el tratamiento: “la tuberculosis causa más muertes por falta de dinero que por falta de resistencia a la enfermedad, el pobre muere porque no puede pagarse la vida”. Esta realidad le llevó a ver la necesidad de socializar la medicina. Presentó su programa de sanidad pública y gratuita al gobierno canadiense en 1936. Fue rechazado. La tacharon de utópica e idealista. Treinta años después Canadá socializó la medicina a través de un sistema que se basó en sus ideas: “Si no puede cambiarse el modo de funcionamiento de la sociedad, si no estamos seguros de poder detener la pobreza y la inequidad, entonces es necesario actuar de forma que otras cosas -como la atención sanitaria pública- sean ofrecidas en un nivel aceptable que ayude a nivelar esta desigualdad”.

Su reputación como médico le llevó a alcanzar el éxito y la fama. Empleó su fortuna para crear una clínica de atención sanitaria para los más desfavorecidos y una escuela de arte para niños pobres. La guerra, de nuevo, volvió a cruzarse en su camino. Esta vez fue la guerra de España. Visionario como era, en cuanto estalló se dio cuenta de que aquel era el primer paso del fascismo para imponer su dictadura. De nuevo tomó partido hasta las últimas consecuencias y abandonó su puesto de jefe de servicio del hospital Sacre-Coeur de Montreal y una cómoda vida en su Canadá natal para venir a España a apoyar a la República. En Octubre de 1936 vino para trabajar como médico voluntario de las Brigadas Internacionales. Las Brigadas reunieron a jóvenes e intelectuales del mundo entero que, conscientes de lo que se estaba jugando en España y del vacío internacional con el que las grandes potencias abandonaron a la República, vinieron a España a luchar contra el fascismo. Fueron miles los que vinieron. También fueron miles los que murieron dando su vida por los ideales en los que creían.

“España es una herida en el corazón. Una herida que nunca cicatrizará. El dolor permanecerá conmigo, recordándome siempre las cosas que he visto… la democracia se debate entre la vida y la muerte. Comenzaron en Alemania, en Italia, en Japón, ahora en España y después en todas partes. Si no los detenemos en España, ahora que aún podemos hacerlo, convertirán el mundo entero en un matadero… es en España donde los verdaderos problemas de nuestro tiempo van a dilucidarse. Será en España donde la democracia muera o sobreviva”

Bethune, alzó su voz consciente de la cobardía y la ignominia de las naciones europeas que abandonaron a su suerte al legítimo gobierno republicano al que no solo no apoyaron, pese al apoyo militar que Hitler y Mussolini prestaban a las tropas franquistas, sino que bloquearon las cuentas bancarias que las embajadas españolas tenían en el exterior, dejando a la República más indefensa de lo que estaba: “Con voz como la trompeta de Gabriel querría rugir al oído del mundo dormido, ahogando a los necios y falsos que aún siguen extendiendo la mentira. Con la voz de la trompeta de Gabriel despertaría a los millones de indiferentes que hay más allá de las fronteras de esta España invadida: “Vuestras manos están manchadas de sangre de inocentes; todos vosotros, que dormís tranquilamente esta noche…”.

Sus palabras contra los causantes de las guerras son hoy tan o más actuales que entonces: “¿Cómo son esos enemigos de la raza humana? ¿Llevan quizás una señal en la frente que los identifique como contaminados o los condene como criminales? No. Todo lo contrario. Son personas dignas de respeto. Son quienes reciben los honores. Se denominan y son denominados caballeros. Son los pilares del Estado, de la iglesia, de la sociedad”.

Su toma de partido ante la injusticia era algo que nacía en lo más profundo de su corazón. No concebía la vida sin apoyar todas las causas en las que creía. Y lo hacía de la única manera que se pueden hacer esas cosas: con valor, con coherencia y jugándoselo todo. “Me niego a vivir sin rebelarme en un mundo que genera crimen y corrupción. Me niego a cerrar los ojos por pasividad o por negligencia ante las guerras que hombres codiciosos desencadenan contra otros hombres… ¡Muerte y castigo eterno para aquella furia de asesinos que mataba mujeres y niños! ¡Infamia y maldición para los que miran indiferentes! Y para los pobres inocentes que, engañados en todas partes, miran a los enterradores cavando las fosas sin pensar que pronto se abrirán para ellos, piedad y una advertencia!”

En Madrid Bethune creó un servicio de transfusiones en un piso de la calle Príncipe de Vergara que había pertenecido a un diplomático alemán que había huido. La prensa anunció la petición de donantes. Al amanecer, dos mil personas aguardaban en la calle. Al anochecer todavía quedaban varios cientos y todos los frigoríficos que empleaban para guardar la sangre estaban llenos. Pronto se dio cuenta de que la mayor parte de los soldados heridos morían desangrados en el trayecto hasta el hospital. La primera línea del frente estaba muy alejada de los hospitales. Bethune compró una furgoneta y la equipó con frigoríficos que funcionaban con gasógeno para crear la primera unidad móvil de transfusiones. Aquella idea salvó muchas vidas: “No he venido a España a derramar sangre, sino a darla”.

Bethune vivió en primera persona uno de los crímenes más atroces de las tropas franquistas, un crimen desconocido hoy para la mayoría como consecuencia de la amnesia colectiva que ha sufrido, y sufre, este país: “La desbandá”. En febrero de 1937, hace ahora 80 años, ciento cincuenta mil republicanos se vieron obligados a huir de Málaga a Almería por la única carretera que había, ante la inminente caída de Málaga en manos del ejército sublevado. La mayoría eran viejos, mujeres y niños. Apoyada por las tropas italianas y la aviación alemana, la flota franquista les bombardeó desde el mar. Los italianos lo hicieron desde tierra y, junto a los aviones alemanes, también desde el aire. Eran 150.000 inocentes que huían para intentar salvar sus vidas. No podían defenderse. Fueron miles los que murieron. Fueron miles los masacrados. Enterado de lo que pasaba, Bethune acudió a aquella carretera mortal con su ambulancia: “Imaginaos 150.000 hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio hacia una ciudad situada a cerca de 200 kilómetros de distancia. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. La ciudad que buscan es Almería y hay que andar hasta allí cerca de 200 kilómetros. Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esa marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos… Había familias que caminaban juntas llevando unas cuantas posesiones sin valor. Hombres y mujeres que parecían ir solos, caminando sin remedio al paso que marcaban los demás. Niños con cara alucinada pasando de mano en mano. Parecían haber nacido en el suelo; otras veces eran como sombras moviéndose hacia ninguna parte… ¿De dónde venían? ¿Adónde iban? Me miraban tímidamente. No tenían fuerza para seguir, pero temían detenerse. Decían que los fascistas venían detrás de ellos. ¿Málaga? Sí. Málaga había caído ¿Adónde iban? Adonde el camino les llevara… El sol de España era aquel día tan despiadado como los fascistas. El calor era un enemigo terrible. La carretera giró hacia el mar de nuevo. El ruido de las olas sobre las rocas retumbaba en la distancia bajo los sonidos del éxodo. Ahora había más signos de pánico, prisa y desorden. Teníamos que maniobrar entre los carros rotos y los camiones abandonados. Los burros moribundos habían sido arrojados a las playas donde la gente yacía también, con la lengua inflamada en sus bocas secas… Eran de todas las edades, pero sus caras estaban dibujadas con los mismos rasgos de agotamiento. Pasaban al lado de nuestro camión sin expresión. Era una corriente silenciosa de hombres y animales: los animales gimiendo como los hombres, y los hombres impasibles como los animales… Solo podíamos hacer una cosa: llevar a cuantos pudiéramos a Almería. Descargamos todo lo que había en la trasera del camión para hacer sitio y mandamos todo el material con la primera ambulancia que pasó. Acogimos solo a los niños. Paramos el camión en la estrecha carretera, descargamos el equipo y las existencias de sangre, y después abrimos las puertas traseras. Se podía ver la excitación en los rostros de los refugiados… En la oscuridad un hombre sujetaba a un niño en brazos, sus ojos fijos en mí. Me mostró al niño escuálido, con temblores de fiebre.

Comenzó a hablar deprisa. No necesitaba traducción. Habría sido comprendido en cualquier idioma: “Mi chico, muy malo… Morirá antes de llegar a Almería…Tómelo. Déjelo donde haya un hospital. Dígales que yo iré detrás. Diga que es Juan Blas y que yo iré pronto a buscarlo”. Cogí al niño y lo puse sobre el asiento. El hombre tomó mi mano convulsivamente e hizo el signo de la cruz sobre mí… Así estuvimos cuatro días y cuatro noches yendo y viniendo , trabajando para evacuar lo que quedaba de una ciudad entera… Trabajamos sabiendo que cada viaje podía ser el último y con el miedo de que los últimos refugiados fueran aniquilados por los fascistas… Y un silencio repentino se produjo entre todos los presentes mientas la luz de la verdad iluminaba sus mentes, como una visión. Era el silencio del patio de cárcel mientras el verdugo fijaba la cuerda alrededor del cuello del condenado, mientras los espectadores intentan darse ánimos para asistir al increíble acto final. Pero aquí no había espectadores. Todos eran víctimas. Todos sentían la soga alrededor de sus cuellos… Entonces unos cuantos aviones pasaron sobre nuestras cabezas. Brillantes aviones plateados: bombarderos italianos y Heinkels alemanes. Se lanzaron hacia la carretera y, como en una maniobra de tiro rutinaria, sus ametralladoras trazaban complicados dibujos geométricos entre los refugiados que huían…”.
En junio de 1937, ocho meses después de haber llegado a España, Bethune regresó a Canadá para realizar una gira con la que recaudar fondos para la República. Con aquellos fondos el servicio canadiense de transfusión de sangre que había creado pudo seguir trabajando. Él ya no regresaría a España. Tampoco se quedó a vivir cómodamente en Canadá. Se fue a China, que había sido invadida por Japón.

“España y China están comprometidas en la misma lucha. Me voy a China porque creo que es allí donde las necesidades son más urgentes y donde yo puedo ser más útil”. En China, en 1938, se enroló como médico en las tropas de Mao Tse-Tung para luchar contra los japoneses. Inmediatamente le encargaron la jefatura de los servicios médicos del Ejército Rojo. Planificó la medicina del ejército, compartió sus conocimientos con los médicos chinos, diseñó cursos acelerados de formación para médicos y enfermeras, y organizó el sistema de sanidad pública.

Casi no tenía medios, pero creó la primera unidad médica móvil del mundo, que salvó miles de vidas. Bethune era miembro del partido comunista canadiense pero eso no le impidió que, fiel a sus principios, tratase por igual a los soldados chinos que a los prisioneros japoneses heridos. Aprovechó sus contados momentos libres para escribir informes, cartas y artículos y dedicarse a dos de sus otras grandes pasiones: la pintura y la poesía.

Las precarias condiciones en las que tenía que realizar la cirugía le obligaban a operar sin guantes. En agosto de aquel año escribió: “Hoy he operado durante todo el día y estoy agotado: diez casos, y cinco de ellos muy complicados. Tengo un dedo infectado y es imposible evitarlo operando sin guantes heridas infectadas. Es la tercera vez que me sucede en dos meses”. El 11 de noviembre de 1939 dictó su última carta a su intérprete: “Regresé del frente ayer. Ya no tenía sentido seguir allí. No podía levantarme de la cama ni operar. Se me infectó un dedo. Todo el día he tenido escalofríos y fiebre incontrolada. Temperatura alrededor de 39,6º. Malo. El día 9 tuve más vómitos y fiebre alta. Todo el 10 he estado en la camilla, vomitando. Fiebre alta, más de 40º. Pienso que tengo una septicemia con fiebre gangrenosa o fiebre tifoidea. No consigo dormir, pero tengo la mente muy lúcida. Fenacitina y aspirina, antipirina, cafeína… todo inútil. Te veré mañana, espero…”

Al día siguiente murió. En Canadá Norman Bethune es reconocido como un héroe. En China se le considera un mito y son muchas las estatuas que se levantan muchas ciudades en su recuerdo. En España, en nuestra España que tanto marcó su vida, solo unos pocos saben quién es. La historia oficial, escrita por los vencedores, le condenó al silencio y al olvido, como a todos aquellos miles de jóvenes de las Brigadas Internacionales que vinieron de todo el mundo a dar su vida para defender la libertad y la democracia. Hoy, cuando vuelven a levantarse los muros del fascismo, cuando son millones los refugiados que sufren lo que hace solo ochenta años sufrieron nuestros compatriotas, recordar y reivindicar su figura es algo que nos compete a todos y a todas. Tenemos una gran deuda con aquellos jóvenes y con este médico canadiense que dio su vida para construir un mundo más humano y justo. Todos ellos nos enseñaron que, como dice Abraham Verghese, no somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan. Las palabras de Norman Bethune condenando a quienes, ante la injusticia, no toman partido, a quienes pretenden mirar a otro lado, a quienes no quieren ver la realidad en la que viven, son un desgarrado grito a nuestra conciencia: “¡Vuestras manos están manchadas de sangre de inocentes; todos vosotros, que dormís tranquilamente esta noche…”.

Ayer tarde intervine en un acto en honor del Doctor Bethune y en homenaje a las víctimas de La Desbandá. Fue un acto lleno de emoción en el que leímos varios de sus textos, vimos sus fotografías y tomaron la palabra varios participantes en la marcha que se ha hecho en conmemoración del 80 aniversario recorriendo andando el mismo camino que tuvieron que hacer entonces. Entre los asistentes se encuentra un hombre mayor. Va en silla de ruedas. Se llama Pepe García y tiene 93 años. Es uno de los que lograron salvarse. Entonces tenía 13 años. Nunca, hasta ayer, había sido objeto de homenaje alguno. Al acabar el acto alguien le preguntó si había valido la pena tanto sufrimiento por la República. Tras guardar un momento de silencio nos miró a los ojos, empezó a sonreír y respondió: “¡Pues claro que mereció la pena!”

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