Se detectó a comienzos de año y se ha estado remediando como se ha podido: no se había previsto a nivel valenciano ninguna conmemoración oficial de alguien que, nacido en Valencia en 1907, fue figura universal de la imagen, hasta su fallecimiento en Berlín el 11 de octubre de 1982: Josep Renau. Se cumple este año por tanto no sólo el centenario de su nacimiento, sino el veinticinco aniversario de la muerte por lo que, con tanta afición conmemorativa que tenemos, parece extraño el olvido.

En marzo, la Universidad de Valencia y Acció Cultural han anunciado una exposición para el mes de mayo, y la Fundación Josep Renau, a quien el artista donó una parte importantísima de sus fondos, prevé para octubre otra exposición itinerante de su actividad como cartelista. El Ministerio de Cultura conmemorará con un libro el evento, con lo que tampoco se han puesto a la altura que la circunstancia requería: recordar a un artista que tuvo un amplio significado social y político iniciado en los años prometedores de la Segunda República y continuado sin descanso en los años terribles de nuestra guerra incivil y, tras ella, en el exilio mexicano y berlinés.

Rememoraremos de todas formas en este centenario, al que las instituciones públicas valencianas parecen dar la espalda, a quien fuera director general de Bellas Artes durante la guerra, cuando dos secuencias biográficas son de ineludible recuerdo: el traslado de una gran parte de los fondos principales del Museo del Prado a las Torres de Serrano de Valencia, para protegerlos de la destrucción del Madrid asediado por el fascismo; o el encargo del Guernica a Picasso para la Exposición Internacional de París en 1937. Son dos actos administrativos importantes de alguien que era también un militante excepcional: desde su pertenencia al Partido Comunista de España, iniciada en 1931, organizó tareas colectivas como la fundación de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios (1932) o de la revista Nueva Cultura, que dirigió desde 1935 a 1937.

En esta conmemoración podemos realizar el repaso de lo que fue, junto a algunos murales en México y Alemania, su creación principal, el cartelismo, basado en el fotomontaje: sus carteles de propaganda en la guerra, más condicionados por la circunstancia concreta, se unen a algunos mensajes visuales de valor perdurable: Fata Morgana USA/The American Way of Life, con ese dólar inmenso y amenazante que es el globo terráqueo, resulta el anuncio de una época en la que todavía estamos.

Este precursor de tendencias artísticas nos dejó una metáfora histórica que no ha perdido actualidad: la brutalidad de Maternidad en Hiroshima, con la figura en primer plano, ante la llamarada, de la madre y el niño calcinados; la conjunción de Celebridades norteamericanas en las que el águila, la imagen enmarcada de Georges Washington, el manuscrito de la Declaración de la Independencia, el perrito caliente y la coca-cola, se unen mediante collage a la silla eléctrica y al hongo nuclear; el hombre-máquina, adorado por un grupo de mujeres, que es El fascinante rey del petróleo; la brutalidad de la ejecución en Descansen en paz o Final feliz, con la pareja de enamorados besándose ante el ahorcado; la garganta abierta de un hombre desgañitándose, que lleva corbata con un pasador en el que se ve una gran paloma blanca, subido a un tanque y flanqueado por dos inmensos cañones con el título El presidente habla sobre la paz…

Figuras, imágenes, pesadillas, que respondieron a una época en la que un artista valenciano determinaba, mediante las técnicas de la vanguardia histórica que luego retomará el pop-art, una visión de la realidad que Renau a veces explicó como un juego surgido en la infancia: es la famosa anécdota, relatada a Carmen Lumière, una de sus estudiosas, de que cuando niño recortaba y juntaba fotografías «como otros niños coleccionan sellos», y un día vio juntas dos imágenes del mismo personaje, el rey de Inglaterra Jorge V, y notó la diferencia entre las dos, ya que en una parecía un Júpiter majestuoso y en la otra era un hombrecillo sin ninguna grandeza, un ser insignificante, que le permitió entender la diferencia entre la propaganda y la realidad.

La creación artística de Renau, surgida en momentos dramáticos del siglo pasado, exigiría una conmemoración oficial que en Valencia no han asumido ni el ayuntamiento, ni el IVAM, ni la Generalitat, a los que se ha hecho propuestas. Pensé que el rechazo venía por la indudable contrariedad que el pasado les causa a algunos, pero, tras recordar sus metáforas visuales, presiento que quizá lo que moleste más es la terrible actualidad de las mismas y el insoportable presente que profetizaron.

* JOSÉ CARLOS ROVIRA, Catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Alicante.
Fuente: Levante-EMV

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