Antonio Pérez.* LQSomos. Septiembre 2017

¿Qué es una revolución? Parece mentira que para definirla haya dudas tratándose de una antigua diosa a la que deberíamos suponer sabida hasta la petrificación pero el caso es que las definiciones pueden ser tan numerosas como los definidores. Los clásicos responderán “cuando los medios de producción pasan a poder de los productores” o, “cuando la clase dominante es despojada de su poder”. O, más llanamente, “cuando los de abajo derrocan a los de arriba”, “cuando hay trabajo” o “cuando llega la libertad”; y con menos palabras, “cuando acaba la injusticia”, “cuando el Pueblo toma el Poder”. Los jóvenes dirán “cuando echemos de sus poltronas a los sátrapas” o “cuando haya amor libre” y los jóvenes cibernetizados creen que llegará “cuando las computadoras sean low-cost y sean gratuitas la electricidad y un wi-fi universal”. Incluso habrá urbanitas que la definan vagamente como “cuando en la calle pasan cosas raras”. Etcétera.

Pero las revoluciones no nacen del vacío y, mucho menos, por generación espontánea. Por ello, todas esas definiciones parten de un postulado: que previamente exista un Poder, aunque sea pequeño, enfrentado al Gran Poder. O, si se prefiere, que las clases dominadas tengan conciencia de sí mismas y estén decididas a utilizar el poder que emana de su cohesión interna. En tal caso, se aparejan en modo de colisión y, efectivamente, chocan de frente con el Gran Poder.

El resultado de ese choque -a menudo, desfavorable para los dominados- importa menos que la sublime decisión de haberse embarcado en La Revolución porque, ¡haciéndola ya la han hecho! Una gruesa parte de las revoluciones es efímera pero todas ellas dejan una secuela que suele ser duradera. El Gran Poder las aniquila, unas veces con crueldad infinita -España desde 1936 hasta hoy-, y otras veces con poca sangre pero con mucha insidia propagandística -véase Mayo 68-. Pero, en ambos extremos, décadas o siglos después, la rebeldía del pequeño poder vuelve a aflorar por la sencilla razón de que rebelarse está en la naturaleza humana: es natural.

Viene todo esto a cuento del manifiesto que, sobre el “referéndum catalán”, han firmado mil y pico miembros del establishment mediático-cultural. Son personalidades más o menos intelectuales y artísticas -unos pocos, amigos personales de quien esto suscribe-. Piden a la ciudadanía catalana que no voten en el susodicho referéndum porque es “anti-democrático”. Algunos, ya firmaron en otro referéndum: el que hubo en 1986 sobre el ingreso de España en la OTAN… y firmaron a favor de entrar en esa organización criminal y en contra de que España fuera un país neutral. Nunca jamás les perdonaré que trabajaran para abortar “la más alta ocasión que vieron los siglos”. Pues sabemos que no hubo tan maravillosa ocasión porque el traidor Felipe Gonzálex (el pillo que subió al Poder gracias a pregonar que “OTAN, de entrada NO”) y sus ilustrados mamporreros perpetraron el pucherazo técnico-mediático que nos metió de hoz y coz en una asimétrica guerra santa contra la musulmanía que la Hispania Victoriosa ha traducido en petróleo y en una cadena de atentados literalmente interminable.

[No obstante, quienes quieran medir los altibajos del tiempo político español, deberán saber que algunos de los otrora villanos militaristas son ahora defensores del referéndum catalán. Cosas veredes].

Volviendo a la actualidad: ¿por qué dicen los mentados Mil y Pico que el referéndum no es democrático? Evidentemente porque no quieren salir de esa cárcel de oro en la que se han instalado -palabra que define a la purrela que se ha colocado y no precisamente en el buen sentido de esta palabra. Es una grotesca cárcel de papel porque creen que las leyes escritas en el papel del Estado son ecuánimes y, además, porque son “las que nos hemos dado todos”, infame exageración puesto que no todos aprobamos la Constitución -papel mojado para la mayoría e interpretable a gusto del Poder-, amén de que muchos españolitos ni siquiera habían nacido cuando se votó hace cuarenta años.

Someterse al papel es la prisión más mezquina y alicorta que puedo imaginar. Comprendemos que la “crema de la intelectualidad” sea proclive a despeñarse por ese vertedero pero no todos queremos acompañarles en su claudicación. La razón para oponernos estriba en la repugnancia que sentimos ante el provincianismo que subyace debajo de sus floridos pensiles. Y hemos escrito ‘provincianismo’ por piedad, a sabiendas que sería más ajustado hablar de paletería pura y dura. Y, por si esta palabra doliera poco a los más cosmopolitas de los súbditos patrios, añadiremos que es una paletería doble.

Es doble en el espacio geográfico y, peor aún, en el espacio mental. En el primero porque los paletos no quieren imaginar siquiera que en ese país lejano sepan y puedan hacer sus propias leyes. Para ellos, son como los bárbaros de la Antigüedad, salvajes que hablan una lengua ignota y que amenazan las fronteras del Reyno. En el segundo sentido, cual avestruces empapeladas, quieren ignorar que esas leyes catalanas ya han sido promulgadas; menos aún admiten que las leyes raras que escriben esas gentes raras pueden ser mucho más ecuánimes -léase, republicanas- que las de Madrid, fácil hazaña habiendo conocido en las costillas como son las leyes neofranquistas del Reyno borbónico.

Pero sostenella y no enmendalla: los muy paletos insisten en que la Ley es igual para todos. La ley, dura lex sed lex aunque la testa coronada del Reyno tenga por profesión y por costumbre andar “saltando por encima de la ley” (Ska-P, dixit) Técnicamente hablando, estos pastusos son unos retardados y, claro, en su retraso mental, no quieren darse cuenta de que la revolución no sólo es un doble poder incipiente sino que, en el cenagal leguléyico, es también un conflicto entre dos legalidades, la lejana y la próxima, la impuesta y la autóctona. Ante semejante tesitura, cabe preguntarse: ¿cuál de las dos es legítima?

Cada bando responde a su manera y, obviamente, discrepan: los catalanes conocen en sus costillas y en sus bolsillos las leyes madrileñas mientras que las avestruces, extremistas como ellas solas, niegan la diferencia entre legalidad y legitimidad, primer paso para negar ambas a todo lo que disguste a Madrid. ¿Cuándo se reseteará o actualizará Madrid?: como decía el Hermano Lobo, “Uhh, el año que viene si dios quiere”.

Otrosí, a su pesar o de grado, a la Revolución no le queda otra opción que ser violentamente defensiva porque se enfrenta a una violencia activa incomparablemente mayor y con tendencias sangrientas: la violencia estatal. Pero, en la Revolución europea posmoderna, la sangre no tiene porqué llegar siempre al río como demostró la desintegración de la URSS y, especialmente, la revolución “de terciopelo” (Checoeslovaquia 1989) Por ahora, Madrid sólo emplea armamento ligero contra Catalunya pero el neofranquismo y su palanganera la socialdemocracia pueden estar incubando un absceso sanguinolento; por ejemplo, un atentado de falsa bandera -como la Historia nos enseña que son buena parte de los atentados-.

Llegados a este punto crucial, hay que hacerse la pregunta clave: la batalla del referéndum catalán, ¿es una revolución? A pesar de que no cumple con algunos de los requisitos definitorios que expusimos en el primer párrafo, creemos que sí puesto que reúne unos rasgos que son revolucionarios. A saber:

es republicana;
nace de una votación prohibida y, por ende, ha cobrado una rara avis: que votar tenga sentido;
en la calle pasan cosas extraordinarias;
los activistas son minoría -siempre lo son y siempre lo serán- pero cuentan con la neutralidad e incluso la aquiescencia de la mayoría;
ha aglutinado a toda la derecha e incluso succionado a la seudo-izquierda;
ha espoleado el españolismo más folklórico resucitando así al penumbroso nacionalismo patriotero;
es bastante más democrática que nacionalista;
es transversal. En ella están unidos burgueses y proletarios en matrimonio de conveniencia y, ¿acaso no hemos aprendido desde pequeñitos que España sufre un atraso democrático porque su burguesía nunca hizo la revolución que sí hicieron en “los países de nuestro entorno”? Bueno, pues aquí tenemos la ocasión para enmendar ese déficit.

A lo cual se nos recuerda que, de triunfar el nacionalismo -siempre olvidan el lado democrático-, Catalunya caería en manos de una burguesía infame. Buena objeción pero tiempo habrá para menoscabar a esa burguesía. Y, definitivamente, seguimos prefiriendo una República de derechas a una Monarquía de extrema derecha -todas lo son-.

La doble legalidad y la única legitimidad, el poder y el contrapoder, la República… todo eso no existe para los Mil y Pico. Dicen sí-pero-no-pero-qué-sé-yo. O algo peor: referéndum sí pero edulcorado por Madrid. ¿Se han vuelto monárquicos, mentecatos o, por lo menos, ciegos?, ¿en qué cabeza cabe que el feroz Reyno de las Espatrañas va a tolerar un referéndum “separatista”? Esto no es Canadá ni el United Kingdom ni los países ex socialistas. Esto es la caverna neofranquista, el cubil de los bárbaros -ahora sí-, el cuévano del ojo que perdió Polifemo, la zahúrda de la mediocridad y la hostia consagrada de los sanguinarios. Esto es la Contrarrevolución permanente y, por tanto, cualquier reforma es imposible.

Quien no entienda esto, no entiende nada ni de Catalunya ni del Reyno de las Espatrañas ni del resto del planeta. Pero parece que los Mil y Pico no quieren entender porque son unos instalados, unos empapelados y unos literalmente reaccionarios -no tenemos miedo a revivir la terminología de las viejas diosas- porque se oponen a una acción, precisamente la revolucionaria. Lamento que algunos de mis amigos no lo vean así porque les supongo buena voluntad -y ceguera sobrevenida- pero a la mayoría de los firmantes les supongo miedo, pancismo y gregarismo del peor y contra estos no lamento nada, ni siquiera la dureza del lenguaje. Ellos se la han buscado y sólo espero que, dentro de equis años, cuando aten hilos con la OTAN de 1989, se den cuenta de que atacar una revolución es imperdonable porque es criar cuervos, es caucionar la respuesta neofranquista, callar ante la fuerza de las armas y ceder ante la provocación.

Comprendo que sueñen con una revolución no de terciopelo sino, más aún, de gasas y polvos de talco. Pero, quizá por miedo a perder su privilegiado estatus, no quieren ver que, absortos en su kindergarten, se zambullen en unas piscinas amarillentas donde no hay agua sino bilis, donde nadan entre los mocos del Poder mientras sorben gin-esputos. ¿Se dan cuenta de que la actual contrarrevolución armada acabaremos sufriéndola todos los españoles como nos ocurrió con el ingreso en la OTAN?, ¿se arrepentirán cuando en todo el Reyno nos corten los teléfonos, cierren las webs, metan la zarpa en nuestras cuentas corrientes, quemen las bibliotecas y tengamos que sacar del zulo el toner caducado y la tinta invisible? Para entonces, ¿conservarán aquellas multicopistas caseras que llamábamos las ‘vietnamitas’? Pues que las vayan buscando porque nos van a hacer falta.

También pudiera ser que unos y otros tengan miedo a perder Europa. En tal caso, que no sufran: ¿Europa va a desperdiciar un país como Catalunya? Pero almas de cántaro, si no ha perdido ni siquiera paisitos que no llegan a los dos millones de habitantes… La llamarán la Vieja Europa pero lo hacen por pura inercia porque no hay continente más joven, al menos en el trazado de sus fronteras. Hoy, no nos sirve de nada un mapa político de la Europa de hace pocas décadas. ¿Tendremos que recordarles que el narcoestado de Kosovo -reconocido por la mayoría de la UE-, se independizó hace menos de diez años? Si los países bálticos ex soviéticos ingresaron en la UE semanas después de su independencia, Catalunya sería admitida en cuestión de horas.
Finalmente, reconocemos de buen grado que la Revolución no es un camino de rosas. Durante las revoluciones pasa de todo, desde traiciones inesperadas hasta afinidades impensables.

Literalmente, todo es extraordinario. Pero ya dijimos que el resultado final es lo de menos por la simple razón de que las revoluciones no tienen final -salvo que las aplaste el genocidio y ni aun así-. Aunque sea un detalle microscópico, por lo pronto y para uso de los peritos de la palabra convencional mencionaremos que la revolución catalana ha conseguido eliminar el tópico del diálogo asimétrico. Hoy, nadie repite cual lorito pititón “pero estamos abiertos al diálogo”, sino que lo sustituyen por su anticuado y pobretón sucedáneo el “Estado de Derecho”. Pero hay más, ha popularizado un término absolutamente real: como antónimo de la perdida y malgastada democracia, ¡ha implantado el uso de demofobia!. Bienvenido sea entre otros motivos porque no hay revolución sin creación de expresiones –algunas, bicentenarias como ‘Derechos Humanos’. Pero que no se alarmen los ortodoxos y los paniaguados; a fin de cuentas, la revolución y libertad son sólo diosas ancianas. Estén tranquilos, como la Europa de la caricatura, revolución no es más que una vieja palabra.

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