Carlos Olalla*. LQSomos. Junio 2017

El próximo domingo volveré a firmar en la Feria del Libro de Madrid. Desde la publicación en papel de mi última novela, hace quince años, no lo hacía. La sensación que se tiene cuando vas a sacar un nuevo libro y a exponerlo frente a los lectores es difícilmente comparable a cualquier otra. Por un lado eres plenamente consciente de que estás entregando a los futuros lectores algo de ti, algo importante, algo que te ha acompañado durante mucho tiempo, algo que estás deseando que lean para poder compartirlo con ellos. Pero por otro, sabes que eso es imposible, que pase lo que pase cuando estés con los lectores, no podrán hablarte de tu libro, de lo que les ha parecido, de lo que les ha gustado y lo que no, de lo que han sentido al leerlo…. Y sencillamente no podrán porque cuando vengan a la Feria lo único que conocerán de ese nuevo libro es la portada, el título y lo poco que les hayas podido contar. Si eres un escritor o escritora ya consagrado serán muchas las personas que se acerquen a comprar tu nuevo libro y te hablarán de lo que les gustaron los anteriores, de todo lo que vivieron al leer tus otros libros. Pero del nuevo no podrán decirte nada, absolutamente nada, porque acaba de salir y todavía no ha podido leerlo nadie. Esa es una sensación frustrante. Piensas entonces en los pintores y los fotógrafos, en los músicos, en los arquitectos y escultores, en los actores, los cineastas… y sientes envidia. La comunión entre su nueva obra y el público es inmediata. Un espectador que va a una exposición ve los cuadros y puede hablar de ellos con el artista, el que va a ver el estreno de una película, a la salida puede comentarle a su director lo que ha supuesto para él… Eso es algo que el escritor no tiene ni podrá tener, algo que convierte en más solitario aún el hecho de escribir.

“El aroma de la luna” es el título de mi nuevo libro. Es una selección de varios poemas y escritos que intentan reflejar la búsqueda de nuestro lugar en el sinsentido del mundo de hoy, este mundo tan inmediato, absurdo y cambiante donde cada vez quedan menos cosas a las que aferrarnos y en las que creer. De ahí el título, un título que habla de lo que no podemos alcanzar, de la utopía, de lo que nos permite seguir soñando… porque quizá no seamos más que lo que hacemos y lo que soñamos. Es un libro muy personal, todos lo son, pero éste quizá un poco más. Cuando escribes un ensayo lo haces con la cabeza, si eliges novela lo haces con el corazón, pero cuando escribes poesía es tu alma entera la que se desnuda en el papel. Ahí no hay personajes, escudos que te protejan, estás solo, absolutamente solo, frente al silencio del papel.

Escribir una novela también es un acto poético, pero no es lo mismo. La sensación que tienes cuando vas a escribir una novela es que hay algo dentro de ti que pugna por salir. No sabes lo que es, pero lleva tiempo, mucho tiempo, rondándote la cabeza. Años la mayoría de las veces. Cuando sientes eso tu vida se transforma en una especie de búsqueda. Siempre has estado atento a los pequeños detalles, sabes que es en ellos donde vive la realidad, pero en ese momento tu búsqueda se amplía y ves a las personas que conoces, a las que te encuentras o simplemente a las que pasan junto a ti, como posibles personajes de tu novela. Todos tienen algo, porque en todos hay algo de lo que necesitas contar. Entonces te sientes como un capitán que pasea por las callejas de cualquier puerto, de taberna en taberna, buscando formar la tripulación que un día que intuyes ya cercano subirá a ese viejo velero que está fondeado en medio de la bahía que es tu novela. El velero, como el alma del escritor, siempre es viejo, cuenta con experiencia, con cosas que contar… Poco a poco les vas encontrando a todos. En uno ves a este personaje, en otro al otro… poco o nada te importa que no se conozcan ni tengan nada que ver entre sí. Serás tú quien les haga conocerse y compartir aventuras a bordo de tu barco. Día a día les ves subir y tomar posesión de él hasta que llega un momento, nunca sabes cuándo se producirá, en el que te sientas frente al puesto de mando que es el papel en blanco y das la orden de levar anclas. Tienes pensado cual será el rumbo a seguir, pero también sabes que al final será el viento quien decida dónde arribarás, eso lo has sabido desde siempre y quizá es lo que más te atrae de esta aventura, no saber adónde irás, lo que te pasará, los amores y desamores que vivirás durante la travesía, los momentos felices y también los amargos que te aguardan… Tus personajes forman parte de ti, tú los has creado, son hijos tuyos y te acompañan durante los meses o años que dura el viaje. Algunos desembarcan en los primeros puertos donde arribas, otros suben también allí, y tu viaje sigue de historia en historia navegando en el mar de tu soledad hasta que llega un día en el que llegas a tu destino final. Comprendes entonces que ese destino no era más que otra de las Ítacas que la vida pone frente a ti y que te empujan a seguir viviendo. Y das gracias por haber podido vivir ese viaje, por todo lo que has sentido y aprendido en él. Ves entonces bajar a tus personajes por la pasarela, les ves alejarse por el muelle, perderse por las callejas del puerto. Sabes que difícilmente volverás a encontrarte con ellos, aunque también sabes que serán muchas las personas, los lectores, que te hablarán de ellos. Y sus comentarios te darán momentos de complicidad, momentos en los que esos lectores te dirán lo identificados que se han sentido con ellos, y también te sorprenderán porque habrán encontrado en tus personajes cosas en las que tú jamás pensaste, que ni se te pasaron por la cabeza cuando los creaste y conviviste con ellos. Ese es el milagro de los libros, que cada lector, a su manera, escribe el suyo. Por eso, cuando llegas a la Feria y ves tu libro allí expuesto sabes que ya no es tu libro, que a partir de ahora será el libro de tus lectores y que serán ellos quienes lo hagan bueno, malo, mejor o peor. Siempre he creído que es mucho más importante un buen lector que un buen escritor. El buen lector puede hacer buena una novela mediocre, pero un mal lector hará mala la mejor de las novelas.

Eres consciente de todo esto cuando llegas a la Feria y te dispones a firmar tu nuevo libro. En cierta manera estás escenificando tu acto de mayor generosidad: dar tu libro a los lectores, compartirlo con ellos. Ninguno te podrá hablar ese día de él. Lo sabes. Puede que cuando lo hayan leído quieran hacerlo, pero nunca sabes si la vida volverá a hacer que te cruces con ellos. Quienes sí te hablarán son los amigos, los conocidos, esos que siempre descubren lo que hay detrás de cada palabra que escribiste. Pero los lectores anónimos, los que no conoces ni te conocen, esos a los que con tu libro les has regalado un pedazo de tu mundo interior que pronto harán suyo, difícilmente tendrán oportunidad de compartir su experiencia contigo. Quizá el año que viene, en la Feria, si las musas han sido generosas contigo y vuelves a firmar…

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