Carlos Olalla*. LQSomos. Noviembre 2017

Entusiasmo, alegría, pasión por la vida… eso es ZAZ, la joven francesa que, como el colibrí de la fábula, está haciendo su parte para apagar el incendio que está destruyendo al mundo. Poco o nada le importa que los demás no hagan la suya, sabe que la revolución, la verdadera revolución que puede salvar todo esto está dentro de nosotros, de todos y cada uno de nosotras y nosotros. Su forma de ser le impide permanecer impasible ante lo que ve, ante la injusticia, ante el dolor, y toma partido, siempre toma partido. Sabe que el papel del artista en el mundo de hoy no puede limitarse a entretener o a reflejar lo que ve, sino que debe intentar cambiarlo, debe luchar por hacer de este mundo un lugar mejor. Y lo hace de la única manera que se pueden hacer estas cosas: siendo consecuente consigo misma y comprometida con lo que cree. No alecciona, no ofrece respuestas, simplemente utiliza el arte, su arte, para hacernos preguntas, para invitarnos a reflexionar, y aprovecha su altavoz para que otros compañeros de lucha puedan ser oídos. Por eso comparte los escenarios donde actúa con ONG’s locales a las que brinda su apoyo ofreciéndoles la posibilidad de dirigirse al público, de explicar lo que hacen, de invitarles a que se sumen a su lucha. Ella colabora con otra ONG, Colibrí, a la que destina todos los beneficios de su merchandising. Su entusiasmo, esa desbordante alegría por vivir que derrocha en todo cuanto hace nace de una profunda reflexión ante la vida: puedes cabrearte con el mundo, culparle de todos los males, o puedes abrir tu corazón y entregarte a los demás para intentar cambiarlo. Y eso es lo que ella hace, cambiar el mundo cantando y acercando unas personas a otras, unas causas a otras, unos sueños a otros. La fábula del colibrí nos cuenta que un día se produjo un incendio en un bosque y que todos los animales salieron huyendo para salvarse. Todos huían despavoridos cuando un pequeño colibrí, viendo el desastre, se dirigió al río para llenar su pequeño pico de agua y lanzarla sobre el incendio. Cuando un enorme elefante que huía despavorido le vio hacer esto le dijo: “No seas tonto, con eso no lograrás nada” y el colibrí el respondió: “Lo sé, pero yo hago mi parte” ZAZ es una mujer colibrí, una mujer que dedica su vida a convertir sus sueños y los de los demás en realidad, a mejorar el mundo en el que le ha tocado vivir… ¡Y lo está consiguiendo!

Nacida en el centro de Francia, en Tours, en 1980, hija de una profesora de español y un empleado de una compañía eléctrica, desde muy pequeña vivió el mundo de la música. Con cinco años la matricularon en el Conservatorio de Tours, donde estuvo hasta que cumplió los once. Más adelante consiguió una beca para el CIAM, el Centro para la Información y las Actividades Musicales de Burdeos. Su primer trabajo como cantante fue en una orquesta vasca, la Izar-Adatz, con la que estuvo de gira dos años por el País Vasco y los Pirineos. Aquella experiencia fue agotadora, pero le enseñó muchas cosas. Tras colaborar con otros músicos y trabajar con otros grupos, finalmente apostó por dejarlo todo e ir a París. En Montmartre, a pesar de no tener un duro, se siente feliz porque hace lo que quiere y vive la vida que ha elegido. El destino quiso que un día ella enviase un myspace a una discográfica y el éxito fue inmediato: en 2010 con la canción “Je veux” copa los primeros lugares de las listas de ventas de media Europa.

Y desde entonces no ha parado ni ha dejado de ser ella misma y de defender todo aquello en lo que cree. Ella misma recuerda sus principios como algo que llegó a agobiarla. Esa es una de las constantes de su vida: necesita sentirse libre, vivir intensamente su presente, su aquí y su ahora, y no desperdiciar ni un solo segundo en cosas que no la hacen crecer como persona: “Entré en un grupo de baile que era como una troupe ambulante, había cantantes y bailarines y las actuaciones duraban de cuatro a cinco horas. Desmontábamos el escenario y nos volvíamos al autobús a dormir, no había literas, ni camerinos. Así fue durante dos años, hasta que empecé a aburrirme y pensé: tengo que irme de aquí. Y me fui a París, la gran ciudad. Mis amigos parisinos me decían: ‘Olvídate del sueño parisino’. Y tenían razón. Al principio me sentí muy sola, hasta que conocí a unos raperos llamados Le Quatre P….Al principio era un sueño. Estaba cantando en el mismo lugar donde había actuado Nina Simone; sin micrófono, así, a pelo. Hasta que, de nuevo, sentí que me estaba convirtiendo en una funcionaria de la música. Da igual si no puedo pagar el alquiler. Y me fui. Me puse a cantar en la calle. La suerte es que encontré un lugar en Montmartre que era una mina. Eran mis canciones y el ritmo tan seductor del jazz manouche: la gente se volvía loca. Entonces envié un myspace a una compañía discográfica y estalló la bomba…”

El disco lo cambió todo. Y, con él, una canción: Je veux. “Conservo mi esencia, soy coherente con lo que soy y lo que hago, la atención de los medios solo ha consolidado mi compromiso humanista y mis valores… en mis canciones intento describir lo que veo, una sociedad en decadencia que no puede durar mucho…Todo va a cambiar. Quiero alimentar esa visión y no el miedo… Trabajo mucho sobre mí misma porque es fácil enojarse con el mundo, decir que todo es una porquería. Por el contrario, cambiar las cosas requiere mucha energía, mucho trabajo, y creo que el modo en que uno cambia las cosas es a través de la alegría de vivir, de la energía positiva. Si estoy triste e infeliz no sólo voy a estar mal sino que no voy a cambiar nada. Como tengo ganas de cambiar las cosas, no puedo abandonarme. Amo la vida. Sé que soy capaz de lo mejor y de lo peor. Y prefiero elegir lo mejor para hacer que las cosas sucedan… La idea de que es posible mejorar lo cotidiano, hacer que las cosas sean más bellas es lo que quiero expresar… Lo mejor que se ha dicho de mí es que por más que el público no entiende el francés, yo consigo transmitir mi energía, las ganas de bailar y la alegría de vivir: el deseo de no ser una víctima de este mundo… Es el momento de redoblar el esfuerzo para generar otra sociedad, para transformarla…. Nos corresponde a nosotros cambiar las cosas, hacer proyectos, formar comunidades, y no guiarnos sólo por la agenda de los medios de comunicación, que siempre muestran que está todo mal. Hay muchísima gente que está haciendo cosas buenas en el mundo, tratando de crear una sociedad mejor. No hay que ser ingenuo, sino positivo. Claro que es posible vivir juntos y no instalar el miedo. No es una cuestión de dinero, sino de responsabilidad y de pensar cuando uno dice y hace cosas… es un trabajo sobre uno mismo, también. Uno tiene que trabajar todos los días sobre uno mismo. Debemos reencontrarnos. Cuando uno se reencuentra tiene muchas cosas para hacer en vez quedarse clavado frente a la tele…”

Su relación con el español es realmente deliciosa. Para ella escuchar español supone una especie de regreso a la infancia, a un mundo imaginario donde todo podía ocurrir. No lo habla, casi ni lo entiende y eso le permite cantar sin pasar las letras por el cerebro, por la razón, dejando que fluyan directamente desde lo más hondo de su corazón. Por eso ama al español sin remedio: “Realmente no hablo español, aunque mi mamá sí fue profesora de español cuando yo era pequeña y he estado varias veces en España. Sí entiendo un poco la sonoridad y creo que si me esforzara lograría entender ciertas cosas. Eso sí, puedo imitar un poco el acento pero no puedo decir exactamente que lo hablo… Tengo la percepción de que en otra vida fui una prostituta española, y cantaba en un cabaret muy extraño, y mi abuela me drogaba para que no escapara, y acababa muriendo joven”.

“Una de mis prioridades es mostrar los valores humanistas por los que trabajo en cada canción que escribo. Hay una carga de compromiso con un cambio en el mundo para que estemos en un lugar mejor y más feliz para todos, sin duda eso también involucra el bienestar individual… Colibrí es una asociación increíble. Sobre todo es una herramienta de vida, he aprendido mucho sobre el mundo gracias a esta asociación. Desde que tengo memoria me ha interesado ayudar y decidí comprometerme con Colibrí y, a partir de esa vinculación, pude empezar a hacer algo realmente tangible y que tuviera un trasfondo real. Hace dos años me di cuenta que en Francia, en todos los conciertos que hacía, la gente compraba todos estos objetos de merchandising, camisetas, sacos, y me pareció muy extraño que no tuviera una función social… Decidí que todo el dinero que se recaudaba del merchandising de mi imagen se destinara a ayudar diferentes proyectos sociales. Resolví que en cada lugar que visitara y en el que hiciera un concierto buscaría una fundación local para donarle las ganancias de esas ventas. Pero realmente lo más interesante es que invitamos a cada fundación a hablar directamente con el público de cada concierto: las personas van a los escenarios, hablan sobre su fundación y crean esa conexión con el público. Esto tiene mucho más impacto, creo yo, porque nos encargamos de que la gente conozca estos proyectos y que puedan crear redes de apoyo y difusión. De esa manera, cada espectador que va a los conciertos puede establecer estos nexos con fundaciones para generar un cambio local. Colibrí trabaja para una sociedad más respetuosa, a través de la agricultura, de la educación.”

Escogió el nombre artístico de ZAZ como un símbolo de muchas cosas que son importantes para ella: es la onomatopeya que se utiliza en los comics para expresar aquello que pasa a toda velocidad, la misma con la que vive ella, y es también el encadenamiento de la última letra del abecedario con la primera, una cerrar el círculo que, irremisiblemente, vuelve a comenzar. Su repertorio y su forma de cantar son absolutamente personales y eclécticos: el jazz, el gypsy o la chançon son su base, esa base sobre la que ella se eleva para hacernos volar a todos. Solo una artista de su sensibilidad y talento es capaz de compaginar sus propios temas con los clásicos inmortales de Brel o de la Piaf. Así es ella, Isabelle Geffroy, ZAZ, una joven que un día entendió que si estamos aquí es para intentar mejorar el mundo y que eso es algo que solo se puede hacer desde lo más hondo de nosotros mismos, viviendo con la mano en el corazón. Ella lo está consiguiendo, hoy es una de las cantantes más reconocidas internacionalmente pero sigue siendo la misma chica soñadora que era cuando empezó todo y mantiene la humildad de los más grandes: “Mi único mérito es haber confiado en mí misma en los momentos clave”.

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